Mayo es un mes lleno de cumpleaños, y tanto el de mi papá como el mio se incluyen en la lista. Hoy decidí preparar todo para enviarle su regalito y que le llegue en fecha. Lo envolví y luego intenté proseguir con la tarjeta. Antes de comenzar a escribir nada me vino la imagen de mi viejo con la tarjetita en sus manos el próximo 25 de mayo. Mis dedos se aferraron a la birome y empecé a expresar mis deseos de felicitación: me largué a llorar. Las lágrimas corrían por mis mejillas como la lluvia que contemplo desde mi ventana. Me levanté de mi silla y me miré en el espejo. Lloré aun mas. Por qué me invade tanta tristeza? Porque quisiera estar ese día junto a él y decirle lo mucho que lo quiero, que cada vez que lo lastimé sufrí, quizás, mas que él, que necesito tenerlo cerca para que me hable, me abrace cuando me siento chiquitita e indefensa.

Busqué alguna foto en la que estuviéramos los tres, para mandársela en el sobre. Encontré una y analicé la expresión de cada uno de nosotros en ella. De pronto caí en la realidad, en esa que caí dos días antes de venir a Alemania. Esa realidad que yo elegí y que me hizo llorar a moco tendido en ese entonces y nuevamente ahora.

Me serené y proseguí con mi tarea. Habían muchas cosas que quería decirle pero no sabía como escribirlas sin que sonaran tristes o melancólicas. Al final terminé con dos oraciones y entonces me di cuenta de que había dejado de llorar: había regresado a mi mundo.

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